martes, 28 de octubre de 2008

Sobre el seminario acerca del nuevo testamento


Durante los días 25 y 26 de octubre se ha perpetrado un seminario de “historia” en nuestro pueblo que respondía, según la propaganda, a la siguiente denominación: “Claves para entender el Nuevo Testamento y la figura de Jesús de Nazaret”. Los ponentes, el Lic. D. Javier Alonso Aldama y el Lic. D. Eugenio Gómez Segura, son reconocidos colaboradores de D. Antonio Piñero, el cual lidera un grupo de investigación cuyas tesis son, cuanto menos, discutibles desde el punto de vista metodológico.

El curso ha sido organizado y patrocinado por el Excmo. Ayuntamiento de la localidad. Formando parte de la programación de la Concejalía de cultura y educación, la Parroquia, en contra de algunas otras informaciones, no ha recibido ninguna notificación particular ni invitación. Han sido cursadas dos invitaciones informales al Vicario parroquial, pero no al Párroco, por lo que puede decirse que desde la Concejalía no se ha puesto ningún interés en informar a la Parroquia en cuanto tal.

Teniendo en cuenta estos datos, desde la Parroquia se ha informado públicamente de la orientación particular que tendría el referido seminario, siempre al margen de la doctrina de la Iglesia. Creo que la actuación ha estado dentro de los límites de las obligaciones de la Parroquia para con los fieles. En ningún momento se ha juzgado la intención del Excmo. Ayto. al organizar este seminario, más allá de lo que los mismos hechos muestran.

Una vez celebrado este seminario, con un evidente desinterés por parte del pueblo, podemos analizar con más perspectiva las orientaciones de estos investigadores, de manera que sirvan a los fieles “para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina, en la trampa de los hombres, que con astucia conduce al error” (Ef 4, 14). No pretendemos ser exhaustivos , sino más bien atender a las líneas generales de estas teorías, siguiendo sobre todo el resumen de la entrevista realizada en la radio local durante el transcurso del seminario.

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Arrogancia y sospecha

Generalmente este tipo de estudios suelen revestirse de un halo de erudición, que de por sí constituiría un argumento a favor de sus resultados. Los autores sostendrán que han dedicado muchos años a realizar un estudio sobre la Biblia y la historia que la Iglesia no se ha atrevido a hacer. Aparecen aquí los típicos prejuicios de la ilustración dieciochesca según los cuales la Iglesia habría mantenido al pueblo sumido en la ignorancia y alejado de la Sagrada Escritura, manteniendo, contra los hallazgos de la ciencia, las teorías más disparatadas sobre la vida de Cristo. Tratan así de infundir una sospecha sobre la fe católica que, con sencillez, ha mirado siempre las Sagradas Escrituras con la confianza de su historicidad fundamental, según la interpretación del Magisterio de la Iglesia, en cuyo torrente de tradición han surgido los textos sagrados. Además, esto suele acompañarse del un cierto “buenismo”, pretendiendo que la Iglesia siempre ha intentado acallar la voz de estos iluminados renunciando a la reflexión racional, que sería exclusivo patrimonio de aquellos que siembran estas sospechas.

Lejos de ser así, habría que recordarles que desde los primeros siglos la preocupación crítica en cuanto a las Sagradas Escrituras ha sido abundantísima en los Santos Padres. Las mejores versiones críticas han sido realizadas por teólogos cristianos que, a pesar de la pobreza de los medios, han investigado con amor y dedicación los textos sagrados para descubrir la Verdad revelada. La celebración viva de la Palabra en los sacramentos y particularmente en la Santa Misa ha constituido una escuela eficaz que ha acercado la Palabra de Dios al pueblo, de manera que ha creado una cultura católica patente en Europa (no hay más que atender al discurso del Papa ante el mundo de la cultura en su reciente viaje a Francia). Además, los estudios bíblicos experimentado un avance importante, sobre todo en el último siglo, produciéndose una enorme especialización en estos temas, lo cual ha hecho avanzar la comprensión de la Escritura, siempre en la línea de la fe.

Prejuicios y conclusiones

Acercándonos ya a la materia del estudio, que sería el Jesús histórico y los orígenes del cristianismo, los autores suelen adolecer de viejos prejuicios, heredados de los peores productos del protestantismo liberal decimonónico. Nadie estaría en contra de un acercamiento aséptico desde el punto de vista de la historia a la época de Jesús, siempre y cuando no se tomara partido en cuestiones relacionadas con la fe (campo de la teología), sino que se tomaran como hipótesis. Lejos de esto, los autores hacen de su conclusión un presupuesto: Jesús no es Dios. En su retórica podría parecer que esto es un distanciamiento del estudio propio de la fe, pero esto no deja de ser una falacia: si Jesús es Dios, ha de serlo también históricamente, lo cual dejará en esa misma historia una huella más o menos nítida. La perspectiva correcta del estudio habría de ser doble, siempre considerando una doble posibilidad: que Jesús sea o no sea Dios. Así nos vemos en condiciones de decir que la perspectiva de este estudio histórico sobre Jesucristo es ateo y anticristiano, lo cual deja en mal lugar el presunto rigor científico que dicen tener estos profesores.

A partir de estos prejuicios, la interpretación de los textos evangélicos queda retorcida hasta ser desfigurada. Pondremos un ejemplo. D. Antonio Piñero ha difundido una serie de textos donde pone en tela de juicio la pretensión de ser Dios de Jesucristo según los textos evangélicos. Siendo su condición anticatólica, su prejuicio-conclusión es que Jesús jamás dijo que fuera Dios, aserto que contradice los innumerables testimonios evangélicos que apuntan en sentido contrario. Para justificar lo injustificable utiliza argumentos como éste, que emplea para tratar de demostrar la no-historicidad de dos textos de Mc:

«Respecto a los dos primeros (textos), la crítica es unánime en ver en ellos una manifestación de fe trinitaria que no se corresponde con lo que pensaba Jesús, quien –como buen judío, sinceramente religioso y practicante de su fe– no sabía nada de la Trinidad. Son, por tanto secundarios, no auténticos.»

Por si alguien se ha perdido la falacia, la aclararemos. Piñero trata de demostrar que Jesús no se dice Dios, y que, por ende, no lo es. Si fuera un estudio aséptico, tendría que considerar dos posibilidades, que lo fuera o que no. Si no es Dios, entonces no hay nada que objetar, en principio; pero si fuera honesto consideraría la otra posibilidad, es decir, que si es Dios forzosamente habría de conocer el misterio de la Trinidad, si éste forma parte del ser de Dios. Su prejuicio se convierte en conclusión, lo cual es una petición de principio inaceptable para cualquiera que no haya renegado de los fundamentos de la lógica.

La doctrina de Jesús

Nuestros cada vez más sospechosos investigadores consideran más que evidente que Jesús fue un fariseo sincero y convencido. Precisan que de la escuela de Hillel. Les importa poco que en los textos evangélicos se confronte a Jesús con los fariseos, algo que sería artificio de sus discípulos, los cuales, por otro lado, serían poco más que unos fanáticos exacerbados. Además sostienen que las enseñanzas de Jesús no resultan extrañas al judío de su época, ni están revestidas de una autoridad especial, ni siquiera en el lenguaje (interpretación de las declaraciones a la radio local).

Sin ambages se sitúan en contra de prácticamente todos los estudiosos serios de la Biblia, que ven en las doctrinas de Jesús y en su modo de enseñar y obrar, elementos irreducibles al judaísmo contemporáneo a Jesús. Algunos llegan a afirmar que Jesús crea un lenguaje propio, que no pasa desapercibido a aquellos que lo escuchaban. Por lo tanto, sin más justificación, contradicen a Jeremias, Bornkamm, Láconi, Guardini, y un larguísimo etc. de eruditos consagrados al estudio del Evangelio y a la Persona de Jesús.

Un testimonio especialmente esclarecedor es el estudio del erudito judío Jacob Neusner, titulado Un rabino habla con Jesús. Neusner examina los discursos de Jesús desde el punto de vista del pensamiento judío, realizando una ficción literaria que lo sitúa en el mismo escenario de la predicación de Cristo. Presenta una conversación con un rabino que, tras comentar la unidad de la sabiduría bíblica judía, continúa: «“¿Y así –pregunta el maestro– es esto todo lo que ha dicho el sabio Jesús?”. Yo: “No exactamente, pero aproximadamente sí”. Él: “¿Qué ha dejado fuera?”. Yo: “Nada”. Él: “¿Qué ha añadido?”. Yo: “A sí mismo”». El Yo de Jesús como centro de su predicación es un elemento tan novedoso que marca una separación fundamental con toda la tradición judía contemporánea: Jesús se arroga con toda claridad la centralidad que sólo podría corresponderle a YHWH, el Señor.

Nuestros estudiosos, en un último afán por tratar de separar las declaraciones de la conciencia divina de Jesucristo, retrasan la datación de los escritos neotestamentarios todo lo más posible, negando la existencia de sustratos arameos (siempre según las declaraciones en la radio local), tratando así de afirmar una mayor deformación de los logia (dichos) de Cristo por parte de la comunidad creyente.

Pablo, creador del cristianismo

Éste, que es otro de los viejos prejuicios anticristianos, tiene una refutación bastante simple desde los textos. Ésta habría de realizarse desde dos ángulos: el primero que muestre la intención de Jesús de fundar una comunidad estable y universal que prolongue su obra como nuevo Israel, abierto a todas las naciones; el segundo trataría de mostrar la fidelidad sustancial de Pablo al mensaje de Jesús y su dependencia de la comunidad primitiva en cuanto a las tradiciones principales. El problema es que nuestros oponentes comenzarían a mutilar los textos en función de sus prejuicios, con lo que el diálogo sería imposible.

El problema, por otro lado, huele bastante a la persecución del “elemento catolizante” que emprendió Lutero en el Nuevo Testamento, tijera en mano para recortar los textos que no cuadraran con sus experiencias personales. Los centuriadores de Magdeburgo realizaron intentos semejantes, hasta que se propusiera la alocada teoría del “canon en el canon”. Las últimas elucubraciones de los protestantes liberales tienen muchos puntos de confluencia con los hallazgos de nuestros investigadores. Lástima que los mismos protestantes ya rechazaron estas teorías hace décadas, conscientes de sus enormes limitaciones metodológicas.

Sin embargo, parecen olvidar que la vía paulina no es la única que emplean los Santos Padres al presentar la doctrina católica. Algunos de los más antiguos, especialmente los Apologistas, tienden a justificar sus enseñanzas desde el magisterio directo de otros apóstoles, especialmente San Juan. No hay testimonio de tensiones en puntos fundamentales de la doctrina entre San Pablo y los apóstoles, a no ser por la cuestión de los judaizantes, que, salvo por la herejía ebionita, no volverá a causar problemas. Si San Pablo hubiera realizado la tarea de la construcción de la nueva religión parece extraño que la literatura cristiana más temprana no señale ninguna discrepancia importante en la comunidad eclesial. Quizá nuestros autores piensan que Pablo fue tan sagaz que pudo reescribir la historia, pero dudo mucho que esta idea seduzca a alguien.

Relación entre Jesús y los mitos

Otro punto en el que no nos entretendremos demasiado. Simplemente diremos que la visión cristiana del misterio no excluye que, como parte del lenguaje religioso en el que Dios se revela, las acciones de Jesús tengan significados fácilmente reconocibles por analogía en las culturas circundantes. Ver en esto una prueba evidente de que los relatos han sido reconstruidos totalmente es tan osado como pensar que si Dios se revelase no usaría un lenguaje asequible a los humanos. Los que leemos las Escrituras desde la fe no vemos dificultad ninguna en esta relación entre Jesús y los mitos helénicos. El problema es, una vez más, el prejuicio que guía a estos autores a excluir acríticamente la posibilidad de la divinidad de Cristo, torciendo los textos y las relaciones para demostrar su tesis. Es algo similar a cuando los malos profesores ven en la teoría del "Big Bang" una prueba irrefutable de su ateísmo, aunque ignoran que el autor de dicha teoría era sacerdote católico.

Conclusiones

Una vez más, esto no pretende ser una refutación de los argumentos de estos investigadores, que sólo conocemos en sus líneas generales (y admitimos posibles errores en su interpretación), sino una manera de poner de manifiesto la intención claramente anticristiana con la que estaba organizado este seminario.

Nosotros, en cuanto al estudio histórico de Jesús, consideramos más acertadas las líneas que propone el Santo Padre Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret, cuyo prólogo es de lectura obligada. Precisamente en ese prólogo afirma que en su libro ha «intentado presentar al Jesús de los Evangelios como el Jesús real, como el “Jesús histórico” en sentido propio y verdadero. Estoy convencido -dice Benedicto XVI- […] de que esta figura resulta más lógica y, desde el punto de vista histórico, también más comprensible que las reconstrucciones que hemos conocido en las últimas décadas. Pienso que precisamente este Jesús –el de los Evangelios– es una figura históricamente sensata y convincente».

El mismo Papa nos acaba de advertir recientemente que «si es verdad que la Biblia es también una obra literaria, es más, el gran código de la cultura universal, es también verdad que ella no debe despojarse del elemento divino, sino que debe leerse en el mismo Espíritu en que se compuso».

Francisco José Delgado Martín, sacerdote.

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